Una visión «interesada» de la historia de la moneda ha hecho predominar la visión aristotélica de la moneda (tercera mercancía con valor intrínseco) por encima de la visión platónica (signo monetario abstracto con el cual hacer una regla de tres).Inevitablemente, tenemos que hacer referencia, aunque sea mínimamente, a la historia para intentar comprender de dónde ha surgido el enredo. Es entre Platón y Aristóteles que los libros de historia del pensamiento económico sitúan normalmente el inicio de la polémica sobre la moneda.
Platón propuso que el dinero fuese un «símbolo» arbitrario para facilitar el intercambio. Era hostil al uso del oro y de la plata ya que, según él, el valor del dinero tenía que ser independiente del material con el que se fabrican las monedas.
Aristóteles, en consciente oposición a la teoría de Platón, fue el padre del siguiente razonamiento: (partiendo de estas premisas) la existencia de una sociedad no comunitaria implica el intercambio de bienes y servicios; este intercambio toma al principio la forma de trueque; pero la persona que desea lo que otra tiene carece, tal vez, de lo que ésta desea; (concluye) será, por lo tanto, necesario aceptar a cambio alguna otra cosa que no se desea, con el fin de obtener lo deseado por medio de otro trueque; entonces este hecho inducirá a la gente a elegir una mercancía como medio de cambio; los metales acostumbran a ser escogidos por sus características de homogeneidad, divisibilidad, manejabilidad y estabilidad relativa del valor. Esta visión metalista ha predominado hasta hace muy poco, a pesar de las graves contradicciones a que la realidad la ha sometido.
En resumen, éstas son las dos posiciones sobre las que a lo largo de los siglos, en Occidente, se han ido haciendo diversas variaciones sobre dicho tema sin demasiado acuerdo. Las teorías a veces eran complementarias y a veces contradictorias con las prácticas monetarias. La historia de la moneda y de sus teorías es una historia llena de confusión y de crisis.
El
propio Schumpeter en su monumental obra sobre la historia del análisis
económico1,
reconoce que «cualquiera que sean sus debilidades, esta teoría
-de Aristóteles- aunque siempre fue discutida, predominó
substancialmente hasta finales del siglo XIX e incluso más tarde.
Es la base del núcleo de todo trabajo analítico realizado
en el terreno del dinero». Ha influido de manera tan poderosa que
hoy en día el ciudadano corriente continúa pensando que el
papel moneda que se emite corresponde a una cantidad de oro encerrada en
los sótanos del banco central y desconoce, en general, la creación
bancaria de dinero.
Las teorías monetarias actuales reconocen y aceptan los cambios realizados en el sentido de la progresiva abstracción de la moneda, pero, a pesar de que muchas de ellas describen una realidad monetaria totalmente desvinculada de la teoría metalista continúan estando, en general, bloqueadas para imaginar un sistema monetario diferente. El sistema monetario se convierte, así, en el fruto de los acuerdos entre las potencias económicas y en el resultado de los fracasos de las autoridades monetarias mundiales, siempre tentadas a arrastrar el peso de los metales ante la «magia» de un dinero desvinculado de todo, que el sistema bancario ha creado y que no se sabe controlar.
Todo
ello es el resultado del dominio -teórico y práctico- de
la visión aristotélica -el metalismo- que ha durado hasta
hace muy poco. «El metalismo teórico, generalmente asociado
con el práctico, aunque no siempre, se mantuvo en vigor a lo largo
de los siglos XVII y XVIII y triunfa, finalmente, en la «situación
clásica» cristalizada en el último cuarto del siglo
XVIII. Adam Smith ratifica substancialmente el metalismo. Y durante más
de un siglo fue aceptado casi universalmente -por Marx, implícitamente,
más que por ningún otro- hasta el punto de que la mayoría
de los economistas llega a sospechar no sólo de la inconsistencia
del razonamiento, sino incluso algo así como de propósitos
inconfesados detrás de toda expresión de opiniones antimetalistas2».
«Pero, también, hubo una tradición antimetalista sin duda más débil, pero no menos antigua, si se admite que sus orígenes se encuentran en la obra de Platón3».
Uno
de los intentos más audaces tanto en el campo teórico como
en el práctico fue el llevado a cabo por John Law en Francia a principios
del siglo XVIII. «Elabora la doctrina económica de su proyecto
con una brillantez y con una profundidad que le sitúan en la primera
fila de teóricos monetarios de todos los tiempos. Pero es evidente
que su análisis fue condenado durante dos siglos aproximadamente,
principalmente por el fracaso de su Banque Royale (...) de la Compagnie
des Indes absorbida por ella, debido a que las aventuras coloniales en
que estaba envuelta la segunda no resultaron ser en aquel momento sino
fuente de pérdidas».
«Si aquellas empresas hubieran sido un éxito, el grandioso intento realizado por Law de controlar y reformar la vida económica de una gran nación mediante los resortes financieros habría asumido un aspecto muy diferente para sus contemporáneos y para los historiadores». «Law subraya que las virtudes del papel moneda consisten en que su cantidad se puede reducir a una administración racional». «La plata que sirve de dinero (...) es perfectamente sustituible por un material más barato y, en caso límite, incluso por un material que no tenga ningún valor como mercancía, como el papel impreso, ya que el dinero no es el valor por el que se intercambian bienes, sino el valor mediante el que se cambian». «Existía un gran plan, muy avanzado y en el camino del éxito: era el plan de controlar, reformar y elevar a los más altos niveles la economía de Francia. Esto es lo que hace del sistema Law el antepasado genuino de la idea de moneda dirigida [lo que] significa administración de la moneda y del crédito como medio de dirigir el proceso económico (...) idea posteriormente perdida... hasta que se impuso a partir de 19194».
Este es un ejemplo del peso de la inercia de los paradigmas que constituyen,
guían y encajonan nuestra visión de la realidad. Cuando en
1919 se empieza a aceptar el papel moneda y a superar la necesidad de su
convertibilidad en oro, ya se iba de nuevo con retraso. La extensión
de las cuentas corrientes y de los cheques, con la correspondiente expansión
del crédito y la invención de dinero bancario, comenzaba
a hacer insuficiente el uso del papel moneda que ya no era adecuado para
«reducir su cantidad a una administración racional»
como decía Law. Hoy, con la introducción masiva de tarjetas
de pago, se reduce todavía más el efectivo en manos del público
y aumenta, por tanto, la capacidad de creación de depósitos
bancarios, de manera que billetes y piezas metálicas tienen cada
vez menor cuota de uso.
1Schumpeter,
Joseph A. (1954), Historia del Análisis Económico,
Editorial Ariel, Barcelona, 1982, página 100.
2Íd.,
página 338.
3Íd.,
página 341.
4Íd.,
página 343.