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Pequeña historia de la moneda.
Agustí Chalaux de Subirà, Brauli Tamarit Tamarit.

El capitalismo comunitario.
Agustí Chalaux de Subirà.

Un instrumento para construir la paz.
Agustí Chalaux de Subirà.

Leyendas semíticas sobre la banca.
Agustí Chalaux de Subirà.

Ensayo sobre Moneda, Mercado y Sociedad.
Magdalena Grau Figueras,
Agustí Chalaux de Subirà.

El poder del dinero.
Martí Olivella.

Introducción al Sistema General.
Magdalena Grau,
Agustí Chalaux.

Adiós a Xirinacs.
Antonio Aguilera.

Texto de Antonio Aguilera leído en el Homenaje en la Facultad de Filosofía del día 8 de Mayo de 2008.

Lluís Maria Xirinacs. Funeral multitudinario.Nunca llegué a pensar que tendría que decirle adiós a Xirinacs tan pronto. Apenas puedo creerlo todavía, como si no pudiera asumir que sólo hace nueve meses, en agosto del año pasado, dejara de vivir. Dejar de vivir, morir, no responder ya, no hablar, no luchar por algo, no hacerse presente en esa resistencia, en esa persistencia que se puede asociar con su nombre, con su vida, con su deseo, con su respeto a los otros. Me gustaría poder decirle adiós sin que mi voz temblara, para que resonaran con fuerza las palabras que leo en esta sala, no sólo para los oídos de quienes me escuchan, sino también en mí mismo, para que mi pena pudiera transformarse en duelo, en un duelo conseguido que no desemboque en melancolía, para que el desvalimiento que no deja de perseguirnos cada día quedara en parte mitigado por el recuerdo del muerto. Tal vez sea difícil explicar a quién nos dirigimos en un adiós o qué nos permite hacerlo. Al final, como dice Derrida en su despedida de Lévinas, se termina dirigiéndose al muerto, hablándole al muerto, como si estuviera presente, como si nos escuchara, como si pudiera comprendernos. Nos dirigimos al que no puede hablar, al que ya no está aquí ni siquiera como cadáver, al que ya nunca podrá responder. No se trata de una convención ni de una facilidad retórica. Acaso sea la necesidad de hablar al que ya no puede responder, precisamente porque sabemos que no podrá responder, porque sabemos que antes era ciertamente un hombre que siempre respondía. Al dirigirnos a él tratamos de evitar tratarlo como cosa, no queremos cercarlo como objeto, evitamos cubrirlo con palabras como mero objeto del que describimos sus cualidades. Al dirigirnos a él, al tutear al muerto, al hablarte a ti, apreciado Xirinacs, te damos un espacio en la comunidad de los vivos, te colocamos en esta sala, casi esperamos que pudieras contestar. Antes de hablar de ti, de decir algo sobre lo que fuiste, de lo que todavía vive en nosotros de ti, necesitamos decírtelo, dirigirnos a tí, pese a que sabemos que ya no podrás contestar, que tu carne ya está descompuesta y que los gusanos ya habrán dado cuenta de tu rostro siempre luminoso, de tu mirada centelleante, de tu porte soberano. Antes de hablar de ti necesitamos notar ese silencio, tu no respuesta, el vacío que has dejado entre nosotros, entre los que te recordamos. Está tu silencio.

El adiós a un muerto dibuja el espacio de la muerte ante sí, el vacío de la no respuesta, para buscar algo más fuerte que la muerte, algo que la resista, lo que podría persistir ante ella, lo que queda vivo en nosotros, en los que todavía no estamos muertos, en los que podemos hablar. Sólo los vivos pueden recordar a los muertos. Y lo tenemos que seguir haciendo porque es de ellos mismos de quienes obtenemos las ganas de vivir. Aprender a vivir sólo se puede con ayuda de esos muertos, tanto de los ilustres como de los menos conocidos, tanto del Benjamin que nos recuerda que el pasado todavía no está cerrado y espera entrar en nuestro presente para abrir las posibilidades del futuro, como del Xirinacs cuyos anhelos no ha cercenado del todo la muerte. Al hablar de los muertos cercanos, al hablar de quienes su rostro todavía permite recordarlos sin fotografías, abrimos las posibilidades de nuestro presente. Al hablar de esos muertos surge la obligación de asumir una responsabilidad que es anterior a la libertad, que marca el espacio de nuestra libertad. El recuerdo nos obliga a pensar con todo su peso, marca un espacio que no podemos manejar a nuestro arbitrio. El trabajo de duelo, aquí, en una Facultad de Filosofía que recuerda a uno de sus estudiantes, a un doctorando, a alguien ciertamente reconocido en una comunidad, en una pequeña sociedad, me lleva a reflexionar sobre mi relación con Xirinacs en tanto fue estudiante y doctorando mío, en cuanto de manera peculiar pude compartir con él el estudio, cierto saber, la filosofía, cierta amistad y, en el fondo de todo, cierta afinidad. Los organizadores del acto de homenaje a Xirinacs, el decanato de esta Facultad, me han pedido que hable en calidad de director de su tesis doctoral. Asumo mi responsabilidad en ello y quiero dar cuenta de ello ante vosotros, ante quienes han tenido relaciones diversas con Xirinacs y en quienes el recuerdo del muerto les conduce por vías muy diferentes. Me dirijo a quienes heredan algo de él o a quienes simplemente quieren recordarlo o a quienes quisieran saber qué significa despedirse de un muerto, decirle adiós. No soy ni el «hereu» («heredero»), ni tengo legítima alguna que reclamar a los que se toman como «hereus» («herederos»). Tan sólo quisiera hablar de la pequeña herencia que me ha dejado.

A mediados de los años 70, cuando estaba terminando mi licenciatura de Filosofía y asumí una beca de investigación, le conocí como luchador infatigable por la libertad de los presos de la Modelo. Me admiró esa resistencia no violenta. Xirinacs estuvo unas 6000 horas de pie ante la Modelo, en la calle Entença, o volviendo a ese lugar cuando la policía lo cogía y lo dejaba muy lejos. Lo vi a distancia muchas veces en la acera, con algunas personas, siempre destacado. 6000 horas de pie, el calor húmedo de Barcelona, el frío, la contaminación, el tráfico, el ruido, el cansancio. Resistencia infatigable, interminable, admirable. Creció en el estudiante que yo era una simpatía, una admiración, un reconocimiento que nunca he sentido de la misma manera por cualquier otro individuo que pusiera su vida a favor de una lucha política. Mi simpatía por Manuel Sacristán, por Emilio Lledó o por José María Valverde eran de otro orden, se vinculaban a un saber, a un trabajo intelectual, a una intervención política que dependía de ese lugar en el saber y que recibía formas diferentes, desde la militancia en el Partido Comunista a la organización de un Departamento moderno que se enfrentaba a los gestos universitarios del franquismo. Xirinacs representaba algo muy distinto, su gesto tenía algo de insondable. Representa esa no violencia que no se entrega, que no cede, que insiste ante el poder, en el centro del miedo y del horror, que pone una carne blanda y frágil delante de las armas y del sadismo burocrático, de los artesanos de la tortura, que lo hace desde un no lugar de saber institucionalizado, casi desde el mero ser un individuo, porque no se podía ser realmente un ciudadano en aquellos tiempos donde la ley tenía más de discrecionalidad que de dureza. Siempre he admirado esa forma en la que Xirinacs daba un paso adelante y asumía una responsabilidad con su decir y hacer, lo hizo siempre públicamente, como en el Fossar de les Moreres cuando dice «Ho dic jo, sota la meva responsabilitat» («Lo digo yo, bajo mi responsabilidad»), lo hacía en la vida cotidiana, lo hizo ante la Modelo. Más adelante fue el senador más votado de España y optó a un premio Nobel de la paz, y ese paso hacia delante lo daba desde ese lugar de reconocimiento. Lo consiguió con un duro esfuerzo. Aquello me llegaba a mí desde lejos mientras proseguía en mi trabajo y mi vida.

Un día en el que comenzaba un curso sobre la Dialéctica negativa de Adorno, hacia el cambio de milenio, un curso difícil y exigente donde era obligatoria la participación activa en la exposición de trabajos, y en el que había una veintena de estudiantes, ví delante de mí a Xirinacs. Se había convertido en mi estudiante alguien que me llevaba veinte años, alguien a quien yo había admirado muchos años antes. No dejó de asistir ni un solo día al curso que se daba a las nueve horas de la mañana en el Campus de Pedralbes. Escuchó atentamente durante los días que duró la introducción y fue el primer estudiante que dio un paso adelante y me presentó el proyecto de su trabajo, en el que quería estudiar el concepto de constelación de Adorno, porque me decía que había encontrado afinidades con las cosas en las que trabajaba desde hacía años. También fue el primero que expuso con soltura su trabajo en el curso y suscitó el primer debate dentro del seminario. No dejó de asistir a las intervenciones de sus compañeros de curso cuando exponían los diversos trabajos que habían estado preparando y siempre debatía con ellos sin el mínimo gesto que hiciera presente lo ausente, su labor política o su reconocimiento. Yo creo que la mayoría de los estudiantes ni siquiera se enteraron de lo que representaba su compañero ilustre, lo que había protagonizado en su lucha contra el franquismo. Como uno más entre todos se comportaba Xirinacs, como uno entre todos diferente a todos, igual a todos allí donde estaba pero al mismo tiempo singularmente diferente a todos. Nada de ese igualitarismo que suprime la singularidad. Siempre he pensado que en Xirinacs está un buen ejemplo de lo que es ese tipo de igualdad que respeta la diferencia, que la hace valer en la igualdad. Ni masificación al modo descrito por Freud, donde la masa se vuelve algo compacto que no mantiene la individualidad de sus componentes, ni individualismo al modo de la nostalgia aristocratizante del anarquismo de derechas que siempre invoca modelos clásicos, Grecia en especial, que sueña con el héroe antiguo o la vieja tragedia, contra unas masas que odia sin darse cuenta que lo rodean y lo redefinen. Si Xirinacs tiene algo de héroe lo es de un nuevo tipo moderno que vive entre las masas, que sabe respetar a sus semejantes y exige respeto a lo individual. Y surgió en una sociedad que precisamente favorecía los extremos: el de una masa sumisa, llena de individuos tendencialmente autoritarios, o el de un rebelde que se creía nietzschianamente único però que básicamente apuntaba a la transgresión como mera ascensión social. Eso le da un talante ético especial a Xirinacs. Aquí se situaría esa herencia de la que les hablaba, lo que yo encuentro como pequeña y gran herencia de Xirinacs. Como ven la sitúo no en el saber que pudo producir, ni en sus ideas políticas concretas, sino en un talante ético.

Unos años después de terminarse el curso sobre Adorno vino a mi despacho y me pidió que le dirigiera la tesis doctoral. Me quedé francamente sorprendido, porque pensaba que había otros profesores que podían haberlo hecho mejor o porque siendo catalanistas o simplemente por escribir y hablar fluidamente el catalán podrían facilitarle las cosas. Yo no podía sino aceptar su demanda pero marcando mi difícil papel como director ante quien en realidad me había dirigido algo ético y político en mi vida juvenil. Me advirtió que podía tener problemas al dirigirle la tesis, problemas de carácter político o externos a nuestra relación doctoral. Finalmente asumí la dirección que concluyó con una brillante defensa de su tesis ante una sala llena de admiradores.

Me permitirán que les hable de ese dar un paso hacia delante de Xirinacs, tan admirable por lo escasamente común, tan difícil de ver justamente en el carácter grupal, en todos los que sólo la participación como masa o el cobijarse bajo las instituciones les permiten decir o hacer algo, hacer en especial algo político. En términos de una gran investigación de los años 40 del siglo pasado sobre las condiciones subjetivas que hicieron posible la ascensión del fascismo, en la que participó Adorno, tenía Xirinacs una personalidad claramente antiautoritaria. En él se podía comprobar lo contrario del rasgo típico del hombre autoritario que obedece a sus superiores o a los que considera poderosos, que es sumiso con ellos, y que al mismo tiempo es cruel con los que dependen de él, incluso cuando les remite a reglas o exigencias legítimas. Xirinacs era lo contrario del hombre sumiso y dominante que habita en tantos miembros de grupos y colectividades guiadas por principios jerárquicos, de tantas instituciones burocratizadas. Xirinacs era el primero que salía a romper la lógica intersubjetiva que deja que el dominio de un ser humano sobre otro circule, incluso bajo normas racionales, donde la violencia sublimada como palabra transforma el entendimiento en simple lucha por la supremacía de uno sobre el otro. Ante el más mínimo rasgo de sumisión o de dominio daba un paso hacia delante y se ponía en medio, como si su cuerpo pudiera parar las corrientes heladas de ese poder. Era sensible como ninguno a las corrientes de micropoder que circulan entres los seres humanos sin que apenas se den cuenta de ello. Seguramente hay que ver en esa sensibilidad moral, en ese talante ético de Xirinacs la clave de su influencia, de su prestigio, de lo que yo no quisiera dejar de acoger como herencia. Una herencia que no lo es ni de bienes económicos ni de poder político, tampoco de saber institucionalizado, aunque no pueda dejar de interpretarse por medio de un saber filosófico.

Habermas despliega el gigantesco proceso de modernización de las sociedades humanas como un proceso de racionalización donde se separan los subsistemas sociales (economía, política, cultura) del mundo de la vida. En los dos ámbitos funcionan medios de integración diferentes: en los subsistemas son los medios de control generales como el dinero, el poder y el saber los que hacen posible la integración; en el mundo de la vida son el entendimiento y la solidaridad, sea en la esfera familiar, sea en la vida pública, lo que da la clave. El largo proceso que duró en Europa miles de años, el de secularización y el de modernización, llevó a convertir los viejos medios de coordinación social o comunitarios en medios generalizados de control. La coordinación social que antes se basaba en el prestigio personal, centrado en cualidades físicas o morales, y por otro lado en la influencia conseguida través de medios como las posesiones privadas o el saber, ahora podía hacerse por medios como el dinero, el saber, el poder en la esfera de los subsistemas, por medios como el saber o el compromiso en la esfera del entendimiento. A través de tales medios se hace posible en sociedades complejas tanto las vinculaciones empíricas que evitan las dificultades generadas por los intentos de comprensión, como las decisiones motivadas racionalmente donde el saber como reputación profesional o el compromiso valorativo como responsabilidad son las guías. El peligro de una invasión de los medios sistémicos en el espacio donde sólo la comprensión debería permitir decidir democráticamente el camino a seguir sólo puede compensarse con una potenciación de los medios adecuados para actuar por motivos racionales. Ahí entiendo que se situaría no sólo el sabio o el especialista que con su saber puede ayudar a tomar decisiones sociales relevantes, sino el individuo que con su responsabilidad, con sus cualidades morales, con su persistencia frente al dinero y el poder, contra el saber mismo si fuera necesario, establece un espacio para una vida social digna, es decir una sociedad donde los individuos puedan decidir sobre sus vidas. Ahí situaría lo que yo quisiera recoger como herencia de Xirinacs, en su entereza ejemplar, en su capacidad de resistencia, en su respeto a los otros, distinto a lo que como doctor en filosofía pudiera o no asumir para pensar. Eso es lo que lo acercaría a Gandhi, a Martin Luther King, a Mandela y tantos otros y otras, a la escala singular que cada uno tuvo que asumir. Hombres ciertamente ejemplares sin dejar de ser vulnerables, influyentes por su conducta y su resistencia, por su fragilidad expuesta.

Justo aquí, la fragilidad es menos física que moral. Pues esos hombres y mujeres están siempre expuestos al viejo mecanismo de una maldad, no sólo política, también cotidiana, que sabe buscar en esa vulnerabilidad la objeción irrefutable, la debilidad y la mácula que probaría que todos sin excepción, incluso los que han servido de guías morales, son imperfectos, nada heroicos, ni santos, ni moralmente impecables, que al final todos somos iguales, es decir egoístas, libidinosos, avariciosos, perezosos, retorcidos. Esa vieja y nueva maldad, política y cotidiana, apunta sencillamente a que nos merecemos que la sociedad sea lo que es y no algo mejor. Algunos medios periodísticos y políticos pretendieron desacreditar a Xirinacs desde las peculiaridades de su muerte, como si con un suicidio contra la misma descomposición de la vida hubiera puesto en entredicho toda su vida y aquello por lo que luchaba. Se olvidan de la muerte de Empédocles o de Benjamin, pero también de la vulnerabilidad como materia de cualquier ser humano. Si ser vulnerable es tener que decir adiós a la vida algún día, también esos hombres como Xirinacs lo han sido, no pueden dejar de serlo, están marcados por su fragilidad. Pero precisamente por ello son más admirables que los viejos héroes, tan grandes que algún dios podía salvarles en la inmortalidad. Hombres como Xirinacs saben vivir entre iguales y al mismo tiempo aceptan la responsabilidad sobre su destino, sobre su vida. Nos dicen todavía que algo mejor podríamos conseguir de nuestras vidas. Ahora con su silencio parecen invitarnos a que cada uno asuma su responsabilidad, la de su propia vida, sin desdibujarla en el grupo, en la masa anónima, cada uno junto a otros a los que les exigimos que respeten nuestra vida al mismo tiempo que respetamos la suya, incluso cuando nos configuramos mutuamente, precisamente por eso.

Tal vez todo esto no pueda decirlo yo, sólo yo, tal vez sea algo en mí lo que lo diga, pero lo será bajo mi responsabilidad. Eso lo aprendí de ti, apreciado amigo, eso queda vivo en mí, más allá de tu muerte, eso me lo entregaste tú para que pueda pensarlo.

Adiós Xirinacs.

Antonio Aguilera.
Leído en el acto de Homenaje en la Facultad de Filosofía.
Barcelona, a Jueves, 8 de Mayo de 2008.

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